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Opinião Gérard Dupardieu y la ejemplaridad del profesor

Hace algunas semanas saltaba a los titulares de periódicos y noticiarios la figura del reconocido actor francés Gerard Dupardieu. Pero en esta ocasión las informaciones que le afectaban no eran debidas al éxito en alguna última interpretación cinematográfica. No, las informaciones y reportajes en esta ocasión se deben a otros motivos y circunstancias, relacionadas directamente con frecuentes acosos sexuales a compañeras de trabajo en el cine, que han sido denunciados. Además, dada la relevancia pública de este actor en la sociedad francesa se ha venido a convertir casi en una cuestión de Estado en el país galo. El mismo presidente francés, Macron, ha tomado parte en la polémica. La pregunta de fondo es si puede o se debe separar la contribución artística y profesional de la conducta moral, y de la ejemplaridad social, de una estrella de cine, o de un ciudadano con menos publicidad.

La conocida directora de cine, la española Isabel Coixet, se ha lanzado al ruedo sobre el asunto de Dupardieu, como lo hacen otros articulistas, en un prestigioso, influyente y muy difundido periódico español, como es El Pais. Se pregunta si artistas famosos, si profesionales de prestigio en cualquier campo de la literatura, las bellas artes o la ciencia, si deportistas triunfadores, pueden adoptar conductas corruptas poco ejemplares, gozar de privilegios negados a la mayoría de los ciudadanos, si tienen vía libre para cometer tropelías varias, porque le sean consentidas. Esta directora de cine escarba en la herida moral que representa el hecho de que algunas de estas prácticas de famosos, en su caso en el cine, pasen desapercibidas o incluso casi permitidas, y se pasen por alto abusos de poder o de carácter sexual que cometan justificándose en el elevado rango intelectual o artístico. A ella le parece completamente inadmisible esa conducta moral, y viene a proponer sanciones penales y laborales para quienes cometan ese tipo de actos injustificados. En consecuencia, ella dice haber puesto un veto a una posible colaboración profesional con Dupardie, a partir de la constatación de diversas prácticas corruptas de su vida, tal como han sido conocidas y difundidas ahora, aunque fueran ocultadas por las aghredidas por diferentes motivos

Enlazando con esta grave y delicada problemática social y profesional, la pregunta que aquí nos puede tal vez interesar es si en el contexto cotidiano de las universidades ibéricas se observan y existen prácticas de abuso, acoso, corrupción, conductas reprobables de algunos profesores, por muy prestigiosos que sean en su respectivo campo científico.

La respuesta inmediata y contundente es afirmativa. Claro que sí, también en las universidades se producen casos aislados de conductas inmorales, que deben ser identificados y corregidos a la mayor brevedad. Un profesor de educación física en la Facultad de Educación de Sevilla que acosa a compañeras; un profesor muy valioso de sociología de la Universidad de Coimbra que es denunciado por varias alumnas por abusos confirmados; un profesor de la Universidad Juan Carlos I en Madrid que modifica actas para beneficios de políticos amigos y en ejercicio; un profesor del ámbito de las ciencias experto en modificar cifras para que la institución/universidad que le paga ocupe buenas posiciones en los rankings de citación de trabajos científicos; departamentos que a temporadas viven auténticos infiernos internos entre sus miembros por las disputas en la obtención de una plaza, de un puesto, de una beca o del orden en la elección de asignaturas a impartir; plagios descarados de parte de un artículo científico, tesis doctoral o libros publicados sin mencionar la procedencia de los textos de su autor intelectual.

En las tareas docentes exigimos a nuestros estudiantes conductas limpias y honestas cuando se producen las obligadas situaciones de evaluación y calificaciones, de exámenes o entrega de trabajos de Trabajos Fin de Grado o Trabajos Fin de Máster. Siempre buscamos la mayor equidad posible, y no se permiten prácticas corruptas que lleven a situaciones de injusticia entre iguales o compañeros.

¿Es que un profesor universitario puede ser una excepción moral, por muy competente que sea en su campo de especialidad?  ¿Es que no es importante el valor de la auctoritas, de la ejemplaridad del profesor, y solamente nos preocupe e interese el valor del producto que obtiene en su tarea docente o investigadora?

La ejemplaridad del profesor es preparación de las clases, adecuado cumplimiento del horario de tutorías y de atención a los estudiantes, obligación de formarse pedagógica y científicamente, compromiso a ser menos individualista, a trabajar en equipo y a compartir proyectos con compañeros, y una atención crítica sobre lo que sucede en su Facultad-Departamento-Universidad, y desde luego en su entorno próximo y país.

Vivimos en un contexto de hegemonía de valores pragmáticos en el que parecen no existir aquellos otros valores del respeto al otro (sea hombre o mujer), porque sea de la escala profesional inferior, o que sea diferente a la mayoría por origen étnico, cultural o  religioso, o de diferente condición sexual;  del compromiso con el sufrimiento con grupos sociales marginados; de la denuncia de genocidios reales como el de Israel sobre la población palestina de Gaza y Cisjordania. En estas y otras muchas circunstancias ha de imponerse para los profesores la ejemplaridad cívica, e implantarse pautas de conducta ciudadana dignas de ser imitadas por las generaciones más jóvenes.

Desde luego, en la universidad debiera prevalecer el valor de la ejemplaridad profesional, personal y ciudadana de los profesores con los estudiantes, en el plano de profundo respeto mutuo que se requiere. Por muy brillante catedrático o investigador que sea un profesor reconocido como tal por la comunidad científica, es aún más destacable la ejemplaridad que esta persona muestre con sus estudiantes y colegas de oficio. Así será recordado e imitado, o no.

José María Hernández Díaz
Universidad de Salamanca
jmhd@usal.es