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Opinião La universidad después de la pandemia

Los efectos perversos de la Covid-19 no han desaparecido, porque no ha sido erradicada, y porque emergen nuevas variantes cada cierto tiempo, como una hidra de mil cabezas o tentáculos, que se reproduce de forma milagrosa, diferente y cada vez más dañina. Son aún frecuentes los contagios, hospitalizaciones y fallecimientos, en especial en los países más pobres, y siempre entre los sectores menos afortunados de la vida. En otros países, como los nuestros donde se desarrolla nuestra actividad habitual, parece haberse controlado ese efecto mortífero, aunque tengamos que continuar siendo muy prevenidos.
Eso es lo que son seguridad piensa Josep Borrell, político español, azote de nacionalismos dogmáticos como los que pululan por España, que ahora ocupa la más elevada responsabilidad de política exterior en la Comisión Europea, el equivalente a un Ministro de Asuntos Exteriores. Es una de las mentes más brillantes que conozco, y sus opiniones siempre me parecen fundamentadas, con independencia de algún desacuerdo menor.
Hace unos días un periódico de gran tirada, y de ámbito nacional, también accesible en versión digital, publicaba una extensa entrevista suya en la que se pasaba revista a muchas importantes cuestiones de ámbito internacional, que ahora es de lo que él se ocupa de gestionar. Sus respuestas son muy sabrosas y ofrecen al lector un panorama espectacular del mundo a través de lo que corresponde intervenir a la Unión Europea.
Por mi parte ahora me quedo con una respuesta que me resultó reveladora y casi categórica, viniendo de quien venía. Dijo exactamente que “después de la pandemia el mundo es más desigual, más sometido a la influencia oriental y más telemático”. Esa afirmación requiere explayarse un poco, y el lo hace sin dubitaciones, con soltura y seguridad.
La reflexión de Borrell, que no es un personaje cualquiera, me permitía trasladarla al campo que nos ocupa en esta columna mensual, la universidad. Por ello nos formulamos la misma pregunta con sus respuestas como telón de fondo.
Primera pregunta ¿La universidad es más desigual? La pandemia ha afectado al conjunto de la sociedad, pero no por igual. Se confirma que los sectores sociales medios y bajos han sido los más perjudicados, están siendo los más desaventajados por paro sobrevenido, condiciones de habitabilidad, posibilidades de acceso a las conexiones telemáticas, entre otros factores. Es cierto que la universidad viene haciendo todo lo posible para neutralizar esos efectos perversos sobre los jóvenes estudiantes y sus familias, pero sabemos que alumnos de educación secundaria cuyas familias tienen precariedad social se han visto afectados en su éxito en las pruebas de acceso a la universidad. Sabemos también que la enfermedad y la parálisis económica derivada han ocasionado severos problemas a muchos estudiantes que trabajan y estudian.
La universidad debe ser, en nuestra opinión, un espacio de neutralización de las diferencias por razones socioeconómicas, a diferencia de lo que sucedía en la vieja universidad elitista concebida para beneficio exclusivo de las minorías pudientes. La universidad ha de ser una oportunidad para la igualdad social, en lo que enseña, investiga y transfiere a la sociedad. En consecuencia, si como parece que se han producido efectos perversos para amplios sectores populares, la universidad debe adoptar las medidas y programas adecuados para garantizar siempre la igualdad de oportunidades entre sus miembros. Es evidente que nos referimos a la universidad pública, que se concibe como servicio a la sociedad. Las universidades privadas viven al grito salvaje de “sálvese el que pueda”.
Segunda cuestión ¿La universidad es a partir de ahora, después de la pandemia, más oriental? Si trasladamos de manera paralela lo que acontece en el plano económico, es indudable que la gran beneficiada de esta pandemia ha sido la economía china. Sus efectos en imagen sanitaria mundial y política exterior hacia paises muy dependientes, donando millones de vacunas a Iberoamérica y Africa merecen una reflexión a medio plazo. En lo que se refiere a la investigación parece dar a entender que las universidades chinas dejan una imagen de grandes competidores con los grandes laboratorios de Estados Unidos, Gran Bretaña y Alemania. Los efectos e influencia china sobre la investigación y los modelos docentes de la educación solo pueden ser valorados a medio plazo, en nuestra opinión. Vamos a esperar un poco más de tiempo para valorar la posible orientalización de nuestras universidades.
La tercera afirmación sobre la digitalización de la actividad social y económica que propone Borrell parece más evidente, para bien o para mal. Es un hecho la creciente digitalización de los medios de producción y de la comunicación, y también para la universidad. Hemos vivido meses atrás, y tal vez volvamos de nuevo a ello en los próximos, una etapa intensa y excesiva de uso de los medios digitales, para comunicaciones científicas, celebración de reuniones propias de la gestión de departamentos y facultades, tutorías con estudiantes, organización de congresos científicos y también para sustitución de las actividades presenciales colectivas con los estudiantes. Algunas o varias de estas tareas van a ser trasladadas a la pantalla digital en el futuro inmediato, con plena seguridad. Otras no nos parece claro que deban ser gestionadas solamente por la vía digital, porque rompen con elementos esenciales de comunicación y de la vida académica. Esto lo hemos percibido muchos docentes en los meses que nos preceden, y no nos gusta, simplemente no. Tampoco los estudiantes están satisfechos
El mundo, y la universidad también, ha dado un acelerón para utilizar con más rapidez y naturalidad las vías digitales. Esto es ya incuestionable. Pero no podemos ser “neutrales” y acríticos en el uso rutinario de estos medios de comunicación, cuando es probable que muchas cosas se resuelven mejor estrechando manos, con algún abrazo o sonrisa, y percibiendo la proximidad del interlocutor. Ello es especialmente aplicable a nuestra relación con los estudiantes, y a su mejor aprovechamiento. Los estudiantes son los primeros que nos han dicho que no, que siempre que se pueda la actividad docente debe ser presencial y de proximidad.
La pandemia que nos azota no ha sido, o no es todavía, una anécdota más de la historia del siglo XXI, desde luego. Pero tampoco lo ha sido, ni lo será , para la vida cotidiana de las universidades, ni a corto ni a medio y largo plazo. De ahí la necesidad de que las estrategias universitarias obliguen a pensar repuestas más complejas que las meramente mecánicas y puntuales para salir del paso. El mundo y la sociedad ha cambiado, y la universidad debe tomar buena nota de lo que sucede, y poner el remedio oportuno, o lanzar nuevas propuestas de acción. ¿Para qué? Para ser más equitativa, para reflexionar sobre el modelo oriental de éxito económico (y de deshumanización), para ser más humana y eficaz en sus elementos habituales de comunicación y docencia.

José Maria Hernández Díaz
Universidad de Salamanca
jmhd@usal.es