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Opinião Sin celebrar la nochevieja universitaria

Es indudable que la pandemia del Covid-19 está condicionando la vida social de los ciudadanos de todo el mundo, y también la marcha de la institución universitaria, sus prácticas docentes y la sociabilidad de sus estudiantes, que es otra vía de aprendizaje no menos importante. Esto es muy evidente en una ciudad de estudiantes y una universidad como la de Salamanca, en la que se tiene la fortuna de que se produzca una sólida imbricación entre ciudad y universidad, tal vez como en pocos casos o ejemplos posibles de todo el mundo.
A consecuencia de la pandemia, primero fue el confinamiento total en las casas, más tarde las limitaciones de entrar y salir de la ciudad para buena parte de la población, se añadió que a ciertas horas se produce el toque de queda total y nadie circula por la calle a partir de una hora determinada, limitaciones severas en asistencia a actos públicos, control de asistentes a tiendas y supermercados, intervenciones policiales, infracciones de personas transgresoras, y desde luego no solo y especialmente universitarios.
En nuestras aulas e instalaciones universitarias se respira un ambiente muy extraño, distinto al habitual, con apenas contactos y espacios de encuentro social, y con estudiantes ensimismados, nada participativos, expresión de la obligada y recomendable distancia social. Esta no es la universidad que queremos, porque la pantalla de ninguna manera puede sustituir el encuentro académico entre profesores y estudiantes y entre ellos mismos.
Como ya se ha hecho visible en noticiarios y en el conjunto de la ciudad, unos días antes de concluir las actividades docentes, todos los años desde hace algunos, no muchos, se “inventó” una fiesta universitaria, sobre todo por quienes estaban más interesados, que eran los hosteleros, dueños de pubs y bares. Se trata de concelebrar entre estudiantes la despedida del año, la denominada “nochevieja”, pero unos días antes de concluir el año que cierra, y también antes de finalizar las clases, y en consecuencia la estancia física en la ciudad, como sucede en una universidad como la de Salamanca que se nutre principalmente de estudiantes foráneos.
En años precedentes esta fiesta, llamada “nochevieja universitaria”, reunía a varios miles de estudiantes universitarios, muchos de ellos procedentes de otras universidades españolas dispuestos a participar en la bacanal multitudinaria (también chicos de educación secundaria y otros jóvenes que se añadían al festejo, aun sin tener vínculo con la institución académica). El epicentro de la fiesta ha sido siempre la Plaza Mayor de Salamanca y las calles contiguas, y en realidad se reducía a dar algunos gritos de júbilo y a beber alcohol a discreción. Nada edificante, por cierto, es la imagen que se transmite así a otros ciudadanos ajenos al evento. Pero esos son los intereses que mandan, los de quienes venden bebidas que entusiasmen a muchos jóvenes, y con frecuencia otros productos de consumo que elevan el ánimo o conducen a los consumidores a disfrutar de sueños felices y placeres aun prohibidos, ya sean drogas o sexo fácil y puntual.
Las imágenes televisivas o de la prensa son llamativas por la masa enorme de jóvenes que gritan alegremente, y expresan su condición de tales de forma desinhibida, consumiendo de forma alocada. Otra cuestión diferente es la imagen que indirectamente se deriva para la institución académica, dando a entender para otros sectores de la sociedad que en la universidad, una vez más, se trabaja poco y se hace mucho jolgorio, tal vez demasiado.
Parece obvio que una iniciativa original, emanada de los propios universitarios de manera autónoma, como fue esta misma “nochevieja universitaria”, pronto fue asimilada e instrumentalizada por quienes manejan los hilos del interés económico particular, sea al precio y coste que fuere.
Para nosotros la “nochevieja universitaria”, que este año no se va a celebrar, con buen criterio sanitario a causa de la mortífera pandemia que nos rodea, principalmente beneficia (o en esta ocasión perjudica) a quienes hacen negocio con el consumo de alcohol por parte de miles de jóvenes, a veces de forma alocada y compulsiva, en un día señalado.
Como ha ocurrido en otros momentos, las fiestas o los acontecimientos señalados de la vida universitaria fueron asumiendo modos y rituales propios, muchos de los cuales han permanecido en el tiempo, a veces de forma secular. Es bueno para los hombres que los acontecimientos que gozan de relevancia social, festiva o académica, y en concreto en nuestras universidades, construyan o adopten determinados rituales para celebrar y concelebrar juntos, como nos indica el pensador coreano Byung-Chul-Han en su reciente obra“La desaparición de los rituales” (2020). Es para dar dignidad e importancia a lo que se celebra. Si embargo, como este mismo escritor señala, como consecuencia de la completa asimilación e instrumentalización económica propia del neocapitalismo que nos doblega, estamos asistiendo a una depravada desaparición de los rituales, al menos de los que no provienen de los intereses iniciales del consumismo más atroz y generalizado, y desde luego de aquellos rituales y fiestas que nacen con autonomía e independencia en el seno de los grupos humanos, o de la originalidad creadora de determinados individuos.
Por este año nos alegramos de verdad que no pueda celebrarse entre nosotros la llamada “nochevieja universitaria”, porque así se evitan miles de contagios peligrosos y seguros propios de la pandemia del covid-19. Pero consideramos que la fiesta en sí misma puede ser de interés, incluso formativo y no solo lúdico, para los universitarios, pero siempre que logre un mínimo de organización y oferta cultural, la que se necesita en un final de ciclo anual, y la propia de las generaciones jóvenes, que tienen sus derechos y obligaciones, y necesitan también de la fiesta, la alegría, el baile, propios de su edad.
Para todos, un buen fin de año, con el mejor de los deseos posibles, como es la SALUD, aunque en esta ocasión sin fiesta de “nochevieja universitaria”, de lo que nos alegramos por esta ocasión.

José Maria Hernández Díaz
Universidad de Salamanca
jmhd@usal.es