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Opinião La Universidad, ¿Comunidad de aprendizaje?

Desde hace algo más de tres décadas va extendiéndose por el espacio educativo de buena parte del mundo un movimiento pedagógico que se conoce como las “Comunidades de Aprendizaje”. Ramón Flecha fue uno de sus incipientes líderes y su estela ha sido seguida por muchos más en diferentes países. Con esa denominación se reconocen e identifican cientos de experiencias desarrolladas en centros escolares, principalmente de primaria, es cierto, cuyos agentes educativos (profesores, niños, padres, autoridades municipales, movimientos de innovación pedagógica de la localidad o el entorno) llevan a cabo una gestión compartida, asamblearia y democrática de los asuntos que afectan al centro escolar.

En las asambleas de una comunidad de aprendizaje se debaten temas de interés pedagógico y organizativo, y otros de aspectos relativos al bienestar básico de los niños y profesores, como calefacción, higiene, seguridad y control de visitantes, recursos de mantenimiento, relaciones con el municipio, resolución de conflictos de disciplina si fuese necesario intervenir.
Sin duda, este movimiento pedagógico que acoge a cientos de iniciativas busca construir relaciones de encuentro y solidaridad entre sus participantes, al tiempo que trata de consolidar formas de relación social que de manera pausada pero constante hagan posible una sociedad más solidaria y menos competitiva. Por tanto, los valores de ciudadanía responsable y compartida, que debieran ser un eje sobre el que pivote toda escuela pública, en esas experiencias vivas y reales son un hecho compartido y cultivado.

Es obvio que una comunidad de aprendizaje es el mejor caldo de cultivo para que crezca una ciudadanía sana y capaz de compartir, además de aprender cada día las elementales formas de la convivencia y la responsabilidad, junto a las tareas propias del aprendizaje del curriculum. Por poner un solo ejemplo, entre tantos, menciono la escuela rural del pueblo segoviano de Valsaín, centro educativo que visito todos los años con mis estudiantes de la Facultad de Educación, y que sorprende de manera favorable y llamativa a futuros pedagogos y doctores en Ciencias de la Educación.

La universidad española, y creo que la de casi todo el mundo, tiene poco que ver con ser una comunidad de aprendizaje, y somos varios los que lo lamentamos. En lo que toca a la investigación la universidad es poco menos que un infierno, si éste existiera, en el que la pelea por sobresalir, por estar arriba, por pisar al de al lado, por no cooperar salvo para después pedirle cuentas y compromisos compensatorios, es el hecho real cotidiano. Todo es pura competición, sostenida ideológicamente por la cultura académica ultraconservadora de la calidad que ha impuesto el modelo dominante de ciencia procedente de los USA y entorno anglosajón, y que ha expandido por doquier la OCDE.

La universidad europea, en sus diferentes modelos organizativos, se resistió durante un tiempo y con mucho entusiasmo y heroísmo, pero finalmente sucumbió al embrujo de la métrica de los productos científicos derivados de la investigación y los valores competitivos subyacentes, individualistas, insolidarios, y siempre sustentados en el afán de poder y dominio. Como además la investigación marca la pauta de la universidad también se trasladan esos valores ya citados a otras actividades y personas de la universidad.

El juego de intereses que desempeñan los profesores (que en muchos ámbitos solo atienden al nombre de científicos, aunque fueran seleccionados para enseñar) no está menos viciado que el mundillo ultra competitivo de la investigación, desde el momento en que alguien joven tiene la oportunidad de ser llamado o cooptado a tal oficio, y en algún caso raro se lo gana por méritos. En la mayoría de nuestras universidades no existe un plan docente compartido de verdad, y cada uno de los docentes hace lo que puede, lo que quiere o lo que le dejan con sus estudiantes. No obstante, son también muchos los colegas que actúan con toda la dignidad, saber y dedicación que les convierten en excelentes profesores.
Tampoco por parte de los estudiantes es frecuente encontrar actitudes de generosa dedicación y compromiso vocacional, en consonancia con los valores dominantes en el entorno, que no son otros que la superficialidad, el dinero fácil, el hedonismo generalizado (sea botellón o sexo fácil) el logro y obtención de objetivos sin exigencia y esfuerzo real. Bien es verdad que son mayoría los que se sienten defraudados de su paso por la universidad, aunque tampoco muchos alumnos hayan puesto un granito de arena en la construcción de un edificio que necesita buenos apoyos. También , es verdad, hay grupos de estudiantes altamente comprometidos, solidarios y responsables, por fortuna
Si nos fijamos en otros colectivos hoy muy influyentes en la vida diaria de las universidades, como son los formados por conserjes, bibliotecarios, técnicos de laboratorios, administrativos de secretarías de servicios, facultades y departamentos, en definitiva el PAS, asistimos a un proceso de perversión de actitudes y funciones en varios de ellos, que distan mucho de contribuir a esa posible comunidad universitaria de aprendizaje y de formación que algunos todavía creemos posible, sin duda con mucha ingenuidad. Observamos conductas de este personal de a pie que se sitúan siempre a la defensiva, y aunque tengan bien reglamentadas sus tareas buscan todos los subterfugios para salir por la tangente, ya sea concentrándose en su celo en los horarios, en la consulta compulsiva del ordenador o el teléfono móvil , en la exigencia del cumplimento exagerado de normas claramente proteccionistas para sus intereses, a no facilitar nada, más aún si es preciso levantarse de la silla. En definitiva, que carecen de actitud de servicio, porque no creen que su óbolo es necesario para la construcción del edificio de la comunidad universitaria. Y hay muchos sujetos de este tipo entre nosotros
En tiempos de pandemia, es duro reconocerlo, campean actitudes poco colaborativas en el personal universitario. Aquella ensoñación de hace unos meses, que nos auguraba un cambio muy profundo de actitudes, que nos haría ser mejores al final del túnel sanitario y de aislamiento, creo que no existe en la universidad, o al menos me cuesta adivinarla como sueño hecho realidad, o en camino de conseguir.

José Maria Hernández Díaz
Universidad de Salamanca
jmhd@usal.es