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Opinião La lectura en la Universidad, objetivo esencial

Cuando finaliza el verano en el hemisferio Norte, todos los países que se sitúan en él, como es el caso de los que componen el continente europeo, inician nuevas andaduras los niveles de sus sistemas educativos, incluido el de la educación superior. Si bien en el pasado no demasiado lejano algunos países, en especial los de la cuenca mediterránea, y por razones climáticas, iniciaban las tareas universitarias mediado el mes de octubre, hoy la cultura académica de profesores y estudiantes de toda Europa ha adoptado el criterio de comenzar la actividad docente e investigadora en los inicios del mes de septiembre. Entre otras razones, para tratar de armonizar fechas de programas académicos de tanto impacto como el Erasmus.

Son varias las incógnitas que en cada nuevo curso académico se plantean a profesores y estudiantes, y por supuesto a los responsables de la gestión docente e investigadora de una universidad concreta. Se combinan las aspiraciones y esperanzas de cada uno de nosotros, con las dificultades que se nos presentan para a veces poder cumplir los objetivos propuestos. De ahí la incertidumbre que al final reina en todo el proceso que vivimos en estas fases iniciales del calendario académico anual.

A nosotros se nos ofrecen muchos y diversos retos y deseos, que nos gustaría ver colmados unos meses o años más tarde. Así, por ejemplo, quisiéramos que la balanza entre el peso de la docencia y la investigación fuera más equilibrada de lo que se observa ahora en la cultura académica universitaria. Queremos que se respete la autonomía y la democracia interna y complementaria de la vida universitaria. Nos gustaría que fuera creciendo de verdad la financiación asignada a las universidades públicas. Detestamos los casos de corrupción económica y académica que a veces se destapan, y postulamos que se persigan situaciones en que se producen acosos laborales o de género en el seno de la universidad. Luchamos para que las confrontaciones políticas partidistas externas no reviertan en perjuicio de la universidad, y que nunca se produzca revanchismo político sobre la universidad cuando gobiernen unos u otros, en función del peso de un color político u otro. Continuamos defendiendo la necesidad de apostar por una universidad inclusiva en todos los órdenes, desde los aspectos de género a los de extracción social de los estudiantes, desde las personas que tienen alguna discapacidad a los hijos de emigrantes y refugiados. Seguimos apostando por la internacionalización de cada universidad, porque es un signo de apertura y universalidad, en consonancia con la necesaria apertura y universalización de las ciencias. Sugerimos que los ritmos en que se mueven nuestras universidades, en la actualidad urgidos por la alta competitividad y la inmediatez de resultados, puedan ser sustituidos por otros que conviertan la universidad en un espacio de mayor intensidad reflexiva, de lenta maduración de los procesos de enseñanza y aprendizaje, de un mayor talante transversal durante todo el ciclo formativo de un estudiante en la universidad.

Son estos deseos enunciados en nuestra resumida mención precedente algunos de los muchos que aspiramos a que sean cumplidos y satisfechos a lo largo del tiempo en beneficio de una universidad más enriquecedora y útil a la sociedad en que se encarna, y a la que debe servir. Pero queremos llamar la atención, ahora de forma más concreta, sobre dos de los deseos que nos parecen urgentes de cumplir, porque su olvido puede resultar dramático para la vida de nuestras universidades en un futuro próximo, si no se remedia.

Entre todos ellos hacemos mención a dos que gozan de gran actualidad, y preocupación real para todos los ciudadanos y universitarios del ancho mundo. Uno se relaciona con la invasión de la inteligencia artificial en nuestras vidas, y desde luego también en el trabajo universitario. El segundo, expresión evidente de la dominancia de la cultura digital, se relaciona con la alarmante pérdida de práctica lectora entre los estudiantes universitarios. Dos palabras sobre ambos, comenzando por el segundo.

Los mediocres resultados obtenidos en España y otros países occidentales en la aplicación del programa PISA (Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes), que evalúa los niveles de aprendizaje (lectura, matemáticas y ciencias naturales) de los estudiantes de educación primaria y secundaria de un país de la OCDE (Organización de para la Cooperación y el Desarrollo Económico), y los compara con otros del resto del mundo, han levantado las alarmas de gobiernos y responsables de los asuntos educativos.

En el caso del sistema educativo español bajan todos los indicadores principales del nivel de aprendizaje alcanzado por los estudiantes de educación secundaria, y de forma escandalosa en algunas Comunidades Autónomas. En otras, como es el caso de Madrid, Asturias y Castilla y León, el descenso de los puntajes obtenidos es menos alarmante, aunque la tendencia a declinar también parece anunciarse respecto a evaluaciones realizadas años atrás.

Una de las razones explicativas que se manejan por parte de los responsables de la aplicación técnica del programa PISA, tal vez la principal, es que los adolescentes carecen de prácticas habituales de lectura, o sea, que no leen lo suficiente. O mejor, que no alcanzan a leer con facilidad un texto que supere las 40 líneas. Es decir, que los adolescentes en su mayoría carecen del hábito de lectura, de literatura por ejemplo, o que les cuesta una barbaridad el estudio de libros de texto o materiales de uso diario en los centros escolares que requieran esforzarse en leer. Es un hecho contundente reconocer que nuestros alumnos adolescentes no leen, ni quieren hacerlo, porque están abducidos por la cultura visual y digital de la pantalla en particular, ya sea el ordenador o el pequeño teléfono celular.

En consonancia con lo que los adolescentes observan a su alrededor en los adultos de su familia, en los medios de comunicación, en los grupos de amigos, de su edad o en otros jóvenes mayores, prima en ellos por encima de todo, en términos de consumo de cultura, aquello que es y se transmite de forma visual y oral, rápida y de fácil consumo. Los profesores de educación secundaria se quejan y lamentan, con razón, de la inutilidad de los esfuerzos que realizan con sus estudiantes para promover el estudio y la lectura.

Si trasladamos el problema del escaso hábito de lectura de los estudiantes unos años más tarde, cuando se incorporan a la universidad, los profesores observamos la enorme dificultad que encuentran muchos estudiantes para leer y estudiar un libro completo, o un capítulo de un reading, incluso un artículo científico. Es una pena, y un drama cultural, académico y pedagógico. Si el profesor planifica con sus estudiantes la compresión y crítica colectiva de un breve texto, y apenas alguno de los estudiantes presentes en el aula lo ha leído, se hace muy complicada una pedagogía participativa en el proceso de enseñanza y aprendizaje. Se ha impuesto la cultura académica de lo fácil, de lo escueto y puntual, y de no contribuir a reflexionar con calma, y con lectura previa, sobre algún aspecto de la ciencia objeto de estudio. Nos parece un asunto dramático para el porvenir de las universidades, y hay que actuar con mayor decisión y urgencia para zanjarlo. Va en ello la vida venidera de nuestras universidades.

De los riesgos y beneficios que plantea la Inteligencia Artificial en las tareas universitarias hemos de hablar en otra ocasión, porque requiere una explicación más extensa de lo que ya ocupa esta columna. Lo dejamos por ahora.

José María Hernández Díaz
Universidad de Salamanca
jmhd@usal.es