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Diretor Fundador: João Ruivo Diretor: João Carrega Ano: XXV

Opinião Aprendizaje y servicio en la universidad

La universidad nace como institución en la lejana Edad Media de Europa con el objeto de cultivar los entonces llamados saberes (nuestras ciencias y saberes actuales), pero ante todo para formar a las élites dirigentes en el gobierno de la sociedad y sus diferentes expresiones. Durante varios siglos en Europa, más tarde también en América desde el siglo XVI y finalmente en Asia y África ya en el siglo XX, la universidad pertenecía de forma exclusiva a los hijos de las élites, a quienes ejercían la hegemonía del bloque dominante en la economía, la política, y todas las expresiones culturales y sociales que de ellas se derivan.
Entonces parecía lógico observar que la universidad fuera una institución llena de privilegios, pensada para minorías, y construida para distinguir a unos pocos, y nunca para atender las necesidades reales de la mayoría, las culturales y las materiales. La presencia en la universidad de hijos de las capas humildes de la sociedad era simplemente un excepción, una anécdota, y una “generosa” concesión por el camino del ascenso eclesiástico, o por una gratuita y caritativa atención por la vía de fundaciones piadosas para estudiantes pobres, a quienes se les otorgan ayudas, becas, ciertas exenciones de pagos de servicios y matrículas universitarias.
En realidad, en la lejanía de los siglos la universidad parecía situarse ante el observador imparcial como una inaccesible torre de marfil, situada casi siempre al margen de los asuntos terrenales de la mayoría de las personas. Existía una clara separación y ruptura entre universidad y sociedad, pues una y otra quedaban ubicadas en planos bien diferenciados. La universidad miraba hacia sí misma, a su claustro, donde residía la belleza de la cultura y la sede del poder. Fuera de sus muros estaba la vulgaridad, la no belleza, o bien problemas propios de la dureza de la vida ruda de las gentes de a pié, que no debían afectar a la pulcritud intelectual de lo que sucedía en el interior de las aulas, en las bibliotecas, o más tarde en los laboratorios experimentales generados a partir del movimiento de la Ilustración.
En suma, la universidad no necesitaba a la sociedad para seguir a su ritmo, y los ciudadanos del común veían a la universidad como una institución lejana, distanciada de los problemas y necesidades reales de la gente normal.
Pero llega el tiempo en Occidente del acceso a la universidad de los sectores populares, al menos en la Europa de los años 1960, la influencia del mayo de 1968, y se produce un viraje pronunciado en las formas de hacer universidad, y en el comienzo de su democratización real, así como la demanda creciente para que la universidad estuviera más vinculada a los asuntos de los mortales, de los ciudadanos. La universidad se debía a la gente normal, y por ello no podía dejar de lado muchos de los asuntos de la vida cotidiana de las personas. Comenzaba a comprenderse que la universidad, al menos la pública, financiada con fondos públicos y regida por principios democráticos, debía ser comprendida como una institución de servicio, a la sociedad en su conjunto, a la economía y las personas.
De esa manera se percibía como algo imprescindible que buena parte de las carreras ofertadas e impartidas en el seno de las facultades universitarias e institutos de investigación tenían que aproximarse más a los problemas y situaciones de las personas, por dolorosas que éstas fueran, y comprometerse con el diseño de contenidos más sociales y humanistas en el currículo y planes de estudio de las enseñanzas objeto de aprendizaje. Había que salir mucho más de las aulas y muros universitarios, para hacerse transparente en la vida cotidiana. Tanto a los profesores como a los estudiantes se les exigía un cambio profundo en la manera de aprender y enseñar, rompiendo barreras sociales y aprendiendo desde el contexto próximo.
Pronto se percibió entre profesores y estudiantes que había que dar un paso más en los métodos de trabajo hasta alcanzar situaciones llamativas e idóneas para aprender, pero encerrando elementos ciertamente motivadores y de proyección hacia los otros, fuera de los espacios universitarios. Nacía así, inicialmente en el marco de las universidades anglosajonas y europeas nórdicas, con respaldo desde políticas sociales socialdemócratas aplicadas a la educación y a la universidad, lo que se viene conociendo como programas de “aprendizaje y servicio”. Nos encontramos así ante una metodología activa de aprendizaje, que suscita interrogantes y respuestas entre los interlocutores, no solo de tipo conceptual, también de acción transformadora sobre la realidad que se estudia o contempla, siempre que sea posible.
Esta metodología interpeladora de aprendizaje hoy es conocida y practicada en miles de centros educativos anteriores a la educación superior, y también en muchas universidades europeas y americanas (de norte y sur), y llama la atención a diferentes profesores y grupos de estudiantes. Trata de insertar aún más a profesores y alumnos en la vida real, y desde allí recopilar elementos de análisis y reflexión científica, para analizarlos después de manera reflexiva, al tiempo que se resuelven asuntos concretos o se colabora en tareas de mejora que afectan o interesan a la comunidad de referencia.
En algunas universidades comienzan a darse nuevos pasos, aún más profundos, como el que se institucionalice y apoye de forma explícita desde servicios propios de asuntos sociales el sistema de “aprendizaje y servicio”, formando a docentes, gestionando contactos con instituciones de ámbito social, facilitando certificaciones a los interesados.
Este es un camino bien trazado, generoso y exitoso, desde el punto de vista social y académico. No nos cabe ninguna duda. Por ello lo ensalzamos con entusiasmo, porque es otra manera de mejorar socialmente la formación ofertada en nuestras universidades, y de cultivar el principio de una universidad como servicio público a la sociedad.

José Maria Hernández Díaz
Universidad de Salamanca
jmhd@usal.es